16 jun. 2016

La Vía Láctea desaparece como consecuencia de la contaminación lumínica.


Un tercio de la humanidad ya no puede ver la Vía Láctea, ese río brillante de estrellas que ha dominado el cielo nocturno y la imaginación humana desde tiempos inmemoriales, como consecuencia de la contaminación lumínica, revela un atlas global realizado por un grupo internacional de expertos. Pero la contaminación lumínica se puede frenar o reducir de diversas formas, afirman los científicos. 





La Vía Láctea, ese río brillante de estrellas que ha dominado el cielo nocturno y la imaginación humana desde tiempos inmemoriales, ahora ya no es más que un recuerdo borroso para un tercio de la humanidad y un 80% de los americanos, revela un nuevo atlas global de la contaminación lumínica realizado por científicos italianos y americanos.

La contaminación lumínica es una de las formas más generalizadas de alteración ambiental. En los países más desarrollados, la omnipresencia de luces artificiales genera una niebla luminosa que oculta las estrellas y constelaciones del cielo nocturno.

Por eso, “en Estados Unidos tenemos generaciones enteras de personas que nunca han visto la Vía Láctea", afirma Chris Elvidge, coautor del estudio y científico de los Centros Nacionales para Información Ambiental de la administración NOAA de EEUU, en un comunicado de la Universidad de Colorado Boulder. "Es una parte importante de nuestra conexión con el cosmos, y se ha perdido".

Datos y mediciones

Elvidge, junto con Kimberly Baugh, del Cooperative Institute for Research in Environmental Sciences de la Universidad de Colorado Boulder, forma parte del equipo que ha realizado el atlas global de contaminación lumínica, publicado la semana pasada en la revista Science Advances.

El mapa fue elaborado a partir de datos de satélite de alta resolución y mediciones del brillo celeste y constituye, según sus autores, la evaluación más precisa hasta la fecha del impacto de la luz artificial a nivel planetario.

"Espero que con este atlas gente tome por fin conciencia de la contaminación lumínica", comenta Fabio Falchi, autor principal del estudio e investigador del Instituto de Ciencia y Tecnología de Contaminación Lumínica en Italia.


Por países y regiones

La contaminación lumínica es más extensa en países como Singapur, Italia y Corea del Sur, mientras que Canadá y Australia todavía conservan cielos más oscuros.

En Europa occidental, solo pequeñas regiones aún permanecen relativamente poco afectadas, principalmente en Escocia, Suecia y Noruega. España también suspende en contaminación lumínica, salvo en excepciones como Canarias, Sierra Morena, Gredos y otros destinos del astroturismo en nuestro país, según informa la plataforma Sinc.

En EE UU, “los parques nacionales son casi el último refugio de la oscuridad, como Yellowstone y el desierto del suroeste", afirma Dan Duriscoe, del Servicio Nacional de Parques y también coautor del trabajo. "Tenemos suerte de tener una gran cantidad de suelo público que amortigüe el efecto de las grandes ciudades".

Efectos negativos y remedios

Además del derroche energético, la contaminación lumínica afecta negativamente a nuestro organismo. La clave está en la melatonina, una sustancia química que sirve para que los relojes biológicos de los organismos ‘estén en hora’.

Esta hormona, que se segrega durante la noche, deja de producirse cuando el ser vivo se expone a una luz artificial brillante –como las extendidas luces blancas LED– lo que genera y agrava problemas de salud.

Además, investigadores de la Universidad Libre de Berlín y del Instituto Leibniz de Ecología del Agua Dulce y la Pesca en Aguas Continentales, ambos en Alemania, han descubierto que la contaminación lumínica urbana causa estragos entre los animales nocturnos, como arañas, polillas, escarabajos y grillos; lo que a su vez desequilibraría las redes tróficas y afectaría a ecosistemas completos.

Pero la contaminación lumínica se puede frenar o reducir poniendo pantallas en los focos para limitar su brillo en el entorno, reduciendo las horas de iluminación, poniendo bombillas con menos impacto o, simplemente, apagando la luz cuando no es necesaria.

Referencia bibliográfica:

F. Falchi, P. Cinzano, D. Duriscoe, C. C. M. Kyba, C. D. Elvidge, K. Baugh, B. A. Portnov, N. A. Rybnikova, R. Furgoni. The new world atlas of artificial night sky brightness. Science Advances (2016). DOI: 10.1126/sciadv.1600377.

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