Las bacterias resistentes a antibióticos, popularmente conocidas como ‘superbacterias’, suponen una de las principales amenazas para la salud pública mundial. Y es que una vez estos microorganismos han evolucionado para contrarrestar la eficacia de los antibióticos –por lo general, por un empleo abusivo o incorrecto de estos medicamentos, caso de su uso en el tratamiento de enfermedades que, como la gripe, son causadas por un virus y no por una bacteria– poco más se puede hacer que encomendarse a la capacidad del sistema inmune del paciente para combatir la infección. Además, el número de estudios en marcha para desarrollar nuevos antibióticos es nimio, por lo que el futuro no parece ser demasiado esperanzador. Entonces, ¿qué se puede hacer? Pues, por ejemplo, mirar en la Naturaleza para ver si, tal y como sucedió en el descubrimiento –accidental– de la penicilina, se halla un nuevo compuesto capaz de hacer frente a estas bacterias resistentes. Una posibilidad que, como muestra un estudio dirigido por investigadores de la Universidad Rutgers en Nuevo Brunswick (EE.UU.), puede ofrecer unos resultados más que notables.
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| Cultivo bacteriano en una placa de laboratorio |