4 jul. 2011

Cien años de cuenta atrás para despegar hacia un nuevo mundo


El Pentágono busca una nueva organización dispuesta a liderar el proyecto de enviar una nave tripulada a otra estrella dentro de un siglo.

Ray Bradbury cerró la última de sus Crónicas marcianas, El picnic de un millón de años, con el episodio de una familia de emigrantes terrestres celebrando un día de excursión entre las ruinas de una anciana y desolada ciudad de Marte. Tras el picnic, respondiendo a la insistencia de los niños, el padre cumple la promesa de dejarles ver a los marcianos. Les pide a sus hijos que se inclinen sobre la orilla del canal, y allí están: son sus propios reflejos en el agua.


En la década de 1940, cuando Bradbury escribió sus cápsulas de fantasía espacial, las expectativas prometeicas de la ciencia y la tecnología alimentaban el anhelo de vivir el momento en que el ser humano se expandiría a otros mundos. Hoy mucho ha cambiado y aquellas ambiciones han dejado de ser tan populares. Pero todo el que piense que la exploración espacial ha perdido el glamour y la épica de la aventura humana para quedar reducida a un club reservado a científicos y robots, encontrará ahora un antídoto esperanzador: ha nacido el proyecto 100 Year Starship (100YSS, Nave Estelar 100 Años).

El plan tiene una meta, enviar seres humanos a habitar otro sistema planetario; y un plazo, cien años. Con tal objetivo y cual duración, está claro que no se trata de un proyecto al uso. El encargado de presentar la iniciativa, David Neyland, lo dejó claro en su teleconferencia del pasado 16 de junio: "Esto no trata de viajar a un planeta cercano como Marte. Y tampoco trata de usar sondas robóticas". "Queremos capturar la imaginación de la gente", añadió. Por si pudiera parecer que el empeño no es más que otra de las frikadas que proliferan en el ecosistema de internet, aquí va la tarjeta de presentación de Neyland: director de la Oficina de Tecnología Táctica de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de la Defensa de EEUU, más conocida por sus siglas, Darpa. Y por ser la mazmorra donde se crea la tecnología militar del Pentágono. El otro socio del proyecto es el centro de investigación Ames de la NASA.
Beneficios prácticos

Cabe preguntarse, primero, qué interés tiene en algo como el 100YSS una agencia cuya misión, según su web, es "mantener la superioridad tecnológica del Ejército de EEUU y prevenir la sorpresa tecnológica que pueda dañar [la] seguridad nacional". Neyland responde así a la pregunta de Público: "El trabajo de Darpa es la innovación extrema y, al tiempo que perseguimos conceptos punteros, producimos spin-offs prácticos, a veces imprevisibles, que se pueden aplicar en beneficio de las tropas actuales". "Así que a pesar de sonar grandioso y abstracto, estudiar un viaje a las estrellas puede acabar salvando vidas de soldados aquí en la Tierra", especula.

La afirmación de este responsable de Darpa tiene fuste. Aunque la NASA nunca inventó el velcro o el teflón, como aseguran las leyendas urbanas, sí son muchas las innovaciones de andar por casa que se gestaron para uso extraterrestre, desde la taladradora sin cable al termómetro de oído o la comida liofilizada. Y en lo que respecta a Darpa, basta recordar que la internet tuvo una madre llamada Arpanet. En el campo militar, "los soldados a menudo operan en áreas remotas o ambientes extremos donde el acceso a apoyo y suministros es limitado, igual que en un viaje de larga duración en una nave estelar", alega Neyland, y pone un ejemplo: "Una nave estelar debería ser energéticamente neutral". "Los avances en la producción y el almacenamiento de energía harían posible que una base avanzada de operaciones requiriera menos combustible, o incluso que lo produjera ella misma". Neyland extiende estos beneficios cruzados a "avances en propulsión, medicina o alimentación". "No puedes volver a casa a por recetas de antibióticos si alguien enferma", aduce.

Sin embargo, en la breve historia del 100YSS las consecuencias prácticas aún parecen estar a años luz. La andadura apenas empezó el pasado otoño, cuando se lanzó un estudio de un año que concluirá el próximo 11 de noviembre (el 11-11-11) y que deberá sentar las bases para todo un siglo. En enero de este año, Neyland y el director del Ames, Pete Worden, reunieron a una heterogénea treintena de cerebros "visionarios": astrofísicos, biólogos, ingenieros, pensadores e incluso autores de ciencia ficción discutieron, no en busca de respuestas, sino de preguntas. Allí estaban el biólogo y magnate de la genética Craig Venter, pionero del proyecto Genoma Humano; Jill Tarter, la astrónoma del proyecto de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre que inspiró el personaje de la película Contact basada en la novela de Carl Sagan; el productor de cine Dan Sherkow; el cocreador de Arpanet, Jacques Vallée; o el fundador de los premios X Prize, Peter Diamandis, entre otros.

Aquello cristalizó en un puñado de líneas de trabajo que contemplan, desde lo más obvio, las tripas técnicas del futuro autobús espacial, pasando por las zarandajas médicas o energéticas, hasta los dilemas éticos, legales y económicos. Y todo ello, entre "lo práctico y lo fantástico". Algunas líneas suenan más a lo segundo, como las llamadas "soluciones tiempo-distancia", que incluyen "manipulación o dilación del espacio/tiempo", "navegación a velocidad cercana a la de la luz" o "más rápido que la luz". Otros puntos de reflexión parecen copiados de la serie Perdidos: "Quién se va, quién se queda" o "implicaciones de quedarse atrás". Y algunos recuerdan a las distopías clásicas de Orwell o Zamiatin, como las "ramificaciones políticas" o el "uso de películas, televisión y libros para la popularización". El acta del encuentro incluye, en su carta a los reyes de objetivos a corto plazo, rodar antes de cinco años una "película supertaquillera (que ingrese más de 500 millones de dólares) para estimular la imaginación y la implicación".

En la reunión surgieron las primeras apuestas atrevidas. Según Popular Science, Venter sugirió enviar al espacio genomas humanos fragmentados para reconstruir a sus propietarios en mundos lejanos. Aunque el Instituto Venter no confirmó la propuesta a este diario, lo cierto es que el acta de la reunión fija como objetivo a diez años "generar vida a partir del código informático, sin sistemas celulares". Y la línea de trabajo de Biología y Medicina formula la siguiente e inquietante proposición a lo Huxley: "Engendrar a partir de material genético en destino". Algo que hoy ni siquiera Venter puede lograr.
Inspiración

Aunque aquella reunión preliminar fue para un selecto grupo de mentes privilegiadas, el 100YSS no será el coto de unos pocos elegidos para la gloria. La web 100yss.org está abierta, hasta el 8 de julio, a ideas de cualquier persona u organización en cualquier lugar del planeta. Y si hace falta un cebo, lo hay: medio millón de dólares, la mitad del presupuesto ya comprometido por Darpa, que será para la idea ganadora. No tiene por qué ser el genial hallazgo de un propulsor revolucionario, sino algo "que inspire". "Es una oportunidad para gente con ideas interesantes que merezcan ser escuchadas. Espoleará futuras reflexiones, sueños e innovaciones", valora Ney-land. Todo ello se presentará en el Simposio que se celebrará en Orlando (Florida) del 30 de septiembre al 2 de octubre y que espera atraer a unos 2.000 participantes. En noviembre Darpa anunciará quién se embolsa la beca. Neyland anunció que ya han recibido unas 150 propuestas, "incluyendo grandes nombres".

Como parece obvio, el medio millón no pretende ser más que un canapé que no abriría boca a un esfuerzo investigador serio. De hecho, la intención de Darpa es que sirva de capital semilla para crear la organización que lidere el proyecto. Aquí es donde surgen las discrepancias. La agencia militar pretende que el proyecto sea ajeno a los gobiernos, sus coyunturas y circunstancias. "A lo largo de la historia, las exploraciones más importantes, como cruzar océanos o continentes por primera vez, fueron patrocinadas por personas o grupos ajenos a los gobiernos", afirma Darpa en un comunicado. Pero la duda que surge de inmediato es si la entidad privada que tome las riendas debería tener ánimo de lucro o no. De momento, por si acaso, Darpa ha registrado las marcas 100 Year Starship y 100YSS para proteger la vía de financiación del merchandising.

Pero no todos están de acuerdo en que el objetivo de esa beca aperitivo deba ser puramente burocrático. En la reunión también estuvo presente Marc Millis, que durante más de 30 años investigó nuevas tecnologías de propulsión en la NASA y que hoy está al frente de la Fundación Tau Zero, impulsora de otro veterano proyecto de travesía interestelar no tripulada. A Millis le rechina que el dinero no se invierta en investigación aprovechando el trampolín de iniciativas ya existentes. "Me gusta mucho el nombre Nave Estelar 100 Años, pero debería llamarse más bien Estudio de Organización 100 Años", critica en su resumen del encuentro.

Lo cierto es que el 100YSS no es el primer proyecto que se echa a la espalda el objetivo más ambicioso de la historia de la humanidad. Durante décadas, los físicos han encontrado un ejercicio recreativo en especular sobre el sistema de transporte, el gran obstáculo teniendo en cuenta que los cohetes químicos de hoy tardarían miles de años en volar a la estrella más cercana. El proyecto de Tau Zero, Icarus, promovido en colaboración con la Sociedad Interplanetaria Británica, es el sucesor de Daedalus, un plan que en los años setenta concibió una nave impulsada por fusión nuclear para viajar a la estrella de Barnard, a seis años luz.

Ahí está, según Millis, el punto flaco del 100YSS. No hay imagen, no hay nave, no hay nada, sólo el plan de hacer un plan. La propia Darpa reconoce que el 100YSS es hoy "más un experimento intelectual que un proyecto de construcción". El riesgo es que el empeño pase ante el público como la quimera del artillero de H. G. Wells, que pretendía burlar a los marcianos excavando una nueva civilización subterránea a partir de un hoyo en el sótano. Por su parte, Darpa confía en convencer a la humanidad de que, para tener ciencia en el futuro, hoy hace falta ciencia ficción. Y se aferra a una pregunta: "¿Por qué no?".


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